Este fin de semana hubo presencia masculina en mi hogar. Una presencia de antaño, de esos hombres “di lus diantes” y fue un gran placer.
Mi padre estuvo en mi casa, todo un fin de semana de “sólo papi” y familia. Aunque suene raro, él no conocía mi casa (no vivimos en la misma ciudad) y era chistoso verlo cómo observaba cada detalle de mi hogar (y vaya que tengo muchos “papelitos”).
El sábado por la mañana me dijo: “Mijita –sí, así me dice, ¿y qué y qué?- se estaba tirando el agua del escusado y, mira, ven.” Destapa el depósito y me enseña una cosita redondita, “Le jiras un poquito a esta valvulita, pero poquito, y aquí regulas cuánta agua sube. Estaba saliéndose mucho, era un desperdiciadero.” Por supuesto mi cara era de secretaria-tomando-nota-a-mil-por-hora y tratando de descifrar toda esa información. Gira, agua, desperdicio detiene, gira, agua, desperdicio detiene, repetía en voz baja.
Por la tarde, preparábamos algo de comer y mi nueva centrífuga para secar lechuga se trababa. Por supuesto, me explicó el mecanismo de la cosa esa de plástico a la que le das vueltitas y te regala ensalada casi lista para ser consumida.
Un poco después, se dio cuenta de que mis banquitos estaban un poco despegados, “Ah, siempre se me olvida pegarlos”, dije un poco apenada, así que no sólo se ofreció a pegarlos con resistol cinco mil, sino que le puso clavitos y todo para que quedaran más resistentes.
El domingo por la mañana me vio luchando con la puerta del clóset de mi cuarto. Le expliqué que se caía y que mi amigo Richie lo había revisado y me había dicho que el riel (o algo así) estaba roto.
Pues ahí está papi, arriba de un banquito, desarmando el rielillo, yendo a la tlapalería a buscar uno para dejarle el closet listo a la niña, dándose cuenta de que estaba cerrado y volviendo a colocar todo eso.
Y no es que mi padre piense que soy una completa inútil, no, para nada que lo piensa, tal vez le gusta sentirse útil, sentirse “el papá”, pero, honestamente, me encantó tenerlo acá, “un hombre de verdad”, diría un ex cuando bromeábamos sobre estas cosas. ¿Qué es un hombre de verdad? O, mejor planteado, ¿es emocionante tener a un hombre a la antigua cerca?
¿Entonces qué sucede con todas las súper mujeres que decimos que somos independientes y podemos hacerlo todo? Pues una cosa es que podamos y otra, que no nos guste recibir este tipo de “consentimientos” o atenciones.
Soy afortunada porque en mi casa nos educaron a todos de una manera muy “neutral”, es decir, no existían roles definidos por ser niño o niña. Me refiero al: “sírvele a tu hermanito” o “tú no barras porque eres niño”… no, no. Todo era muy parejo. Y aún así, a mis hermanos les encantaba que yo cocinara y a mí, honestamente, me fascina que vengan y pongan mi casa al 100.
Así, que ahora que viene un compañero de trabajo a vivir por un par de semanas a ésta ciudad, seré la primera en ofrecerme para darle asilo. Total, que no siempre es tan terrible tener a un hombre en casa.
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