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Polonia en otoño (Parte 2)

polonia-3.jpgPolonia es gris y lluviosa en octubre. Un amigo me dijo que era la peor época para visitarla porque caen fuertes tormentas, hace mucho aire y no es precisamente cálido. Principios del décimo mes del año y estábamos a 5 grados centígrados. Para mí la lluvia y el viento eran perfectamente aceptables, mucho más que los -25 grados que hace en invierno, cosa que mi cabeza no puede ni siquiera imaginar. 

Cuando Monika y Ela llegaron por mí a la estación de Cracovia, decidimos dejar mi equipaje en uno de los lockers de la estación (tanto de trenes como de autobuses) para poder dar una vuelta sin problema. Caminamos unas tres cuadras y entramos a la parte vieja o Stare Miaste. Era muy diferente a lo que suponía; claro, mucho más bello. Iglesias con altas torres que terminaban en picos, campanarios verdes, muchas monjas, monjes (o algo que se le parecía bastante), artistas vendiendo su obra y gente abarrotando la bellísima plaza del Mercado, cuyo edificio principal es el Mercado de Tejidos que en el siglo XIV albergaba ya a los comerciantes. Era raro pensar que estas construcciones han existido por tantos siglos, seguramente no como están ahora, pero ahí mismo. Esa sensación de venir de un continente donde las ciudades son “nuevas? llegó a mí, una vez más. 

Carruajes jalados por caballos, muchos pichones en el suelo y jóvenes haciendo gigantescas burbujas de jabón robaron mi atención… Así que esto es Polonia. 

Decidimos comer en lo que considero es el equivalente a las cocinas económicas de aquí; se les llaman “Barra de leche? y es como un comedor de escuela, en donde ordenas, tomas tu charola y vas tomando los platillos que pagaste. Es bastante económico y la mayoría de los clientes son estudiantes y gente que trabaja en los alrededores. Por supuesto,
La Lata era la única no polaca en el lugar y me di un festín picando cada uno de los platos de mis acompañantes para probar de todo… ¡estupendo! 

Un poco más tarde subimos al Castillo Real de Wawel, que también te da esa sensación de llevar milenios ahí, como un extraño espectador… ¡y cómo no! Comenzó a edificarse entre los siglos X y se terminó hasta el XVI, cuando le dieron su actual aspecto renacentista. Como la mayoría de las capitales europeas, a Cracovia la cruza un río, el “Wisla? (Vístula) y desde el castillo se tiene un panorama espectacular. Aquí mismo se levanta también la catedral de San Vuenceslao y San Estanislao, donde coronaban a los reyes de Polonia. Viniendo de donde vengo ese tipo de ceremonias pertenecen sólo a los cuentos de hadas o a las películas, pero ahora estaba viendo, tocando los lugares en donde todo eso sucedió… en la vida real.  

No sé si sea porque en gran parte todavía me siento como una niña, pero para mí cada rincón era un gran descubrimiento. ¿Se imaginan una torre que aprisiona un dragón? Claro, es sólo una estatua, pero ese animal precisamente es el símbolo de Cracovia y puedes verlo en cada uno de los puestos de recuerditos que invaden el corazón de la ciudad.   Después de otro paseo por los jardines del centro llegamos al departamento de Monika, que compartía con la hermana de mi otra amiga, Ela, y con un chico de pelo largo y lacio, Kuba.  Terminé mi primer día en Polonia con un baño y una reflexión… ¿qué pasa con las duchas europeas? Es decir, ¡¡¡no hay duchas!!! Sólo la tina con una manguerita y terminas empapando todo el piso del baño… Al día siguiente caminé hasta el centro, me dijeron: todo recto por 20 o 30 minutos… Me perdí, claro está. 

Ahora que lo pienso, no sé por qué no pregunté en algún sitio… supongo que me intimidó la barrera del lenguaje. Al final encontré a una gringa y una australiana que salían de un hostal y buscamos el camino juntas. Tengo que aceptar que cuando estoy en grupo me siento más segura y decidí (¡por fin!) preguntar (si un hombre me saltaba encima al menos alguien podría darle de patadas al atacante). Entre gruñidos y señales entendí hacia dónde teníamos que ir, porque con todo y mapa no sabíamos dónde estábamos, ni físicamente, ni en el papel. Al final llegamos y nos separamos. Me di tiempo para pasear por las calles de Cracovia y poco a poco me fui familiarizando con el lugar. Los jóvenes me parecían mucho más amables que los viejos. Los hombres polacos eran como… raros. Paseando con mis amigas nos encontramos a más de uno bastante borrachín y un día, a plena luz de sol, le dijo a Monika que se quitara de su paso porque tenía que orinar ¡y así como si nada, orinó en el centro de Cracovia!  Pero esa experiencia no empañó mi estancia en esta hermosa ciudad tan distante a mi México. 

Una semana después me subí a un tren y me dirigí a Varsovia. 

La actual capital de Polonia me sonreía después de una lluvia, así como mi amiga Sabina y su pareja, Bartek. 

La primera noche fuimos a un bar con los compañeros de trabajo de Bartek y fue muy divertido. Nos tocó la presentación de un whisky y eligieron a nuestra mesa para las pruebas. Teníamos que contestar un cuestionario (en polaco, claro) sobre las bebidas que se preparaban mezclando el producto con distintos refrescos o jugos. Ellos me tenían que traducir las preguntas y era muy divertido verlos decirme algunas palabras (obviamente malsonantes) en español. 

Cracovia es más bella que Varsovia, pero la última tiene el aire capitalino que la hace especial: tiendas, museos, vida más agitada… 

aqui-esta-muy-presente.jpgAhí, en medio de la ciudad, me encontré con un edificio magno, distinto a lo que estaba acostumbrada: el Palacio de Cultura y Ciencia, con sus 234.5 metros de altura. La gente no mostraba ni remotamente mi entusiasmo ante el rascacielos de estilo arquitectónico al que llaman “Socialismo Real? y que fue construido entre 1952 y 1955, ya que, dicen, es un símbolo viviente de la ocupación soviética, etapa que aún duele a muchos. Efectivamente, en el sótano del edificio se encuentra el Museo del Socialismo, pero además alberga al Museo de Ciencia (nada impresionante, los nuestros son mucho mejores), tres teatros, un centro recreativo, dos restaurantes y un centro de convenciones.  

Pero ahí no terminaron mis sorpresas. El parque Real Lazienki (que significa “Baños Reales?) es un lugar gigante que ocupa 76 hectáreas (antes era un palacio), uno de los mejor cuidados en Europa. Es fácil perderse porque caminas y caminas y vas encontrando edificios, cines, museos, fuentes y rincones distintos, que al final ya no sabes ni cuál era cuál. El Palacio de
la Isla se refleja en el agua que lo rodea, y muy cerca se encuentra el Palacio de Agua y un teatro al aire libre, semejando mucho a, lo que yo me imagino, un antiguo teatro griego, sólo que rodeado de un lago artificial. 

En una de las entradas al parque se encuentra un monumento a uno de los orgullos de la nación: el músico Federico Chopin. Si tienes suerte y te encuentras en Varsovia durante el verano, podrás escuchar conciertos de piano al aire libre frente a esta estatua. 

Otro lugar por el que me di varias vueltas fue por la parte vieja de Cracovia y quedé impresionada, pues en realidad es mucho más nueva de lo que parece. Durante la Segunda Guerra Mundial fue totalmente destruida y se volvió a construir basándose totalmente en fotografías y documentos “del pasado?. 

Para mí fue una experiencia fuerte, ya que visité muchos sitios que muestran el resplandor de la antigua Polonia y la decadencia que sufrió en tiempos de guerra: el precio que pagó por estar entre dos grandes potencias: Rusia y Alemania. Ese mismo día vi la película “El Pianista? y una sensación extraña oprimía mi pecho: todos esos lugares que retrata la historia están ahí, reconstruidos, y hacía unas horas yo los estaba admirando… fue entonces, cuando comenzó mi “otra visita a Polonia?, la que involucraba a Nazis y al más grande campo de concentración, construido en un pueblito llamado Oswiecim: Auschwitz.

Continúa…