
Un ser creado de siete hombres distintos. Un ser con sentimientos que sólo quería vivir y que la gente lo aceptara.
Estoy viendo la película “Van Helsing” en la televisión, en donde mi novio, el guapísimo e hiper-sexy Hugh Jackman, actúa. En realidad sólo la veo por este actor australiano. La producción no es la gran cosa, la historia, mucho menos (lo siento para los seguidores del personaje), pero no quiero quitar la vista de la pantalla.
Independientemente de Jackman, quien me llama la atención es el personaje de Frankestein. Este “monstruo” se ha mantenido escondido porque el Conde Drácula lo ha estado buscando, pues posee el secreto para alguno de los experimentos torcidos del seductor vampiro. Descubro, entonces, que el ser más “humano” de todos es precisamente este personaje creado de siete cuerpos de hombre.
El monstruo de Frankestein en realidad no tiene un nombre propio, nunca lo tuvo. Nació de la pluma de la escritora inglesa Mary Shelley en el libro “Frankenstein o el moderno Prometeo” que, confieso, no he leído. La novela relata la existencia del ente creado por un ambicioso estudiante suizo. Este ser se enfrenta al rechazo de la sociedad y comienza a experimentar sentimientos muy humanos: de odio y deseos de venganza hacia el hombre mismo.
Una de las escenas finales de la película que me acompaña esta noche nos muestra a ese individuo “malo”, “deforme”, “feo”, al que todos temen (y al que el mismísimo Vaticano ha mandado “exterminar”), que se auto exilia. Va en una balsa alejándose del mundo, pues él mismo sabe que nunca será aceptado y que representa una especie de amenaza para el hombre.
Sé que soy una cursi de primera, pero esta imagen me parte… ¿Cómo es posible que un “monstruo” se sacrifique por el bien de los demás? Qué curioso…
Entonces me pongo a pensar en todos esos Frankestein que nos atormentan en esta vida, la que está fuera del papel, de la pantalla. ¿Con cuántos seres de estos nos topamos en nuestras vidas? El señor “apestoso” que camina por esa conocida avenida, con nudos en el cabello y la mirada perdida nos asusta.
El joven con un muñón en donde debería haber un largo brazo que nos pide dinero mientras tomamos un café plácidamente en una plaza, más que interrumpirnos nos recuerda lo que no quisiéramos ser.
El señor de ojo de vidrio que atiende la ferretería de la esquina, el panadero viejito que apenas se puede mover, la señora gorda con muchos pelos en la cara que no se puede depilar, el niño sucio, la jovencita tartamuda, el perro con sólo tres patas…
Sé que sueno cruda, pero tú le puedes poner el rostro, la forma de aquello que te intimida, aquello que representa una amenaza sin serlo realmente.
¿Por qué preferimos darles la vuelta, catalogarlos y no tener compasión o empatía? ¿Por qué les huimos?
Hay una canción del extinto grupo mexicano Kabah (sí, soy una ñoña, pero me trae recuerdos) llamada “La Calle de las Sirenas” y uno de sus párrafos dice así:
Podría pasar mi vida con aquel gigante
que todo el mundo teme,
y si me acerco hasta tocar su mano
me dice que es sólo un ser humano.
¡Qué fuerte!, ¿no creen? Aquel gigante, aquel Frankestein, es simplemente un ser humano…
¿En dónde dice que medir un metro ochenta te hace más humano que medir 90 centímetros? ¿Quién decide que el hombre que camina perdido en sus pensamientos es más loco que el que va manejando y mentándole la madre al del coche de al lado? ¿Quién define qué es lo normal y qué es lo anormal? ¿Por qué Frankestein tuvo que huir de sus mismos creadores cuando se dio cuenta de que no era aceptado por la sociedad?
Por miedo… miedo a lo que no nos es familiar. ¿Qué sucede actualmente con las distintas religiones en el mundo? ¿Qué ocurre entre las diferentes culturas que se evitan? ¿Por qué nos sentimos amenazados ante todo esto?
La Tolerancia es una palabra muy de moda, pero ¿qué es? ¿En dónde se compra? “¿Me puede dar un kilo de tolerancia para llevar y 150 gramos para comer aquí, por favor?”.
Muchos mexicanos se dicen orgullosos de vivir en un país en donde el “racismo” no existe… cuando ni siquiera saben lo que significa esa palabra.
¿Cómo se puede hablar de un país así de feliz cuando coexisten tantos grupos indígenas a lo largo y ancho del territorio nacional y nadie los reconoce realmente? ¿Será porque hablan una lengua distinta a la nuestra? Mmmmm… ¿Y por qué no sucede eso con los gringos, con los que nos esforzamos en hablar las cinco palabras en inglés que sabemos? (¿Será que nosotros nos sentimos sus Frankestein?)…
¿Por qué la persona que hace el aseo en nuestra casa es llamada “Chacha” o “Gata”? ¿Por qué nuestros niños no se quieren juntar con “el gordito” o “el ñoño” del salón?
¡¿En serio no somos racistas?!
¿Por qué los que nosotros catalogamos como “Frankesteins” tienen que hacerse un lado, tienen que refugiarse en míseras chozas de lugares inhóspitos?
¿Será que nos da miedo vernos al espejo y comenzar a descubrir esos monstruos que hay dentro de nosotros y que también mandamos al exilio, al menos ante nuestros ojos; todo eso desagradable que tenemos y nos empeñamos en no reconocer? ¿Será que… todos somos Frankestein para alguien más? O peor aún… ¿para nosotros mismos?
¿Qué pasaría si tuviéramos unos lentes mágicos por medio de los cuales sólo viéramos a las personas como son, lo que son? ¿Recuerdan esa película “Amor Ciego” en donde el chico fue algo así como embrujado para ver solamente la belleza interior de las personas que lo rodeaban? ¿Qué pasaría entonces?
Eso, no te lo voy a contestar. Contéstalo tú…
Yo, me quedo con la imagen de Frankestein alejándose, con el corazón roto.
Tags: Cuando La Lata se pone a pensar... por latamoderna
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