EL POLVO DE UNA ESTRELLA
La primera vez que lo vi en ropa interior (en realidad sólo llevaba una pequeña y ajustada trusa) no supe cómo reaccionar.
Yo había abierto la puerta con mi llave y entré a la casa como si nada. Cerré y caminé por el pasillo. Fue cuando iba llegando a la cocina que lo descubrí en el primer escalón de la escalera, muy quietecito, viéndome.
-Hola … (todavía no nacía “La Lata”, por lo que me llamó por mi nombre con su refinado acento extranjero).
-¡Demonios! Me asustaste –fue todo lo que pude decir, pues entonces ya había reparado en su no-ropa.
Por supuesto que sabía que estaría en la ciudad, pero verlo así… y casi espiándome, era lo último que esperaba.
Estaba muy nerviosa, no sabía hacia dónde ver (qué incómodos son esos momentos). Como toda una provinciana mexicana, el pudor me ganaba. Y no es que no lo conociera, de hecho conocía cosas de él… que no cualquiera.
Comencé a trabajar para él unos meses atrás, aunque en realidad trataba con su asistente, ya que ya no vivía en aquella ciudad; hacía un tiempo que se había ido a radicar a otro sitio. Pero esa casa seguía instalada, preparada para recibir invitados en cualquier momento.
En la planta baja había tres recámaras; bueno, en realidad eran dos y el estudio de grabación (donde tenía también dos camas). Una amplia cocina, dos baños y un cuarto de tiliches.
En la planta alta había sólo un gran salón, la recámara principal con baño ensuite, y el closet-cuartito (donde, extrañamente, había un piano).
Esa casa siempre me dio una sensación muy peculiar. Una sensación que él no me daba.
Recuerdo cuando la esposa de un amigo argentino me preguntó que si me interesaba un trabajito extra, pues ella ya no tenía tiempo y era realmente eventual. Me advirtió de quién se trataba (me preguntó, “¿Lo conoces?” ¡Quién mayor de 20 años podría no conocerlo!) y me recomendó con don asistente (Óscar), con quien de inmediato simpatizamos. Óscar me comentó que la casa era realmente utilizada por la familia y los amigos del dueño. Él vivió ahí unos años (ignoro cuántos) y que tal vez la vendería ahora que ya no la habitaba. Me dio un juego de llaves y nos pusimos de acuerdo en el salario, las labores y todo lo demás.
Así conocí a su hermana, su sobrina y las amiguitas de la jovencita (quienes me rodeaban curiosas por saber de la mexicanita risueña que estaba en esto remotos lares). Conocí a su sexy hermano, a la mamá, a algunos de sus trabajadores y amigos, a su novia de entonces y, por supuesto, lo conocí a él.
Sinceramente verlo en calzones fue extraño, porque a pesar de ya estar en sus cuarentas tenía un cuerpo muy bien definido; sus músculos estaban marcados, pero no exageradamente. Hacía yoga y se notaba. Su pelo siempre lucía perfecto y, extrañamente, muy sedoso. Y era muy bajito, así que parecía un muñequito de acción. A mí nunca me pareció guapo, así que cuando lo tuve en frente por vez primera, fue una sorpresa constatar que era mucho mejor en persona.
De verdad fue una buena experiencia trabajar para él. Es decir, tenía acceso total a su intimidad. De haber querido, hubiera podido pasarme horas husmeando aquí y allá sin que nadie siquiera lo hubiera notado. He de confesar que sí me llamaba la atención su gran colección de revistas; los libros que tenía en el salón, la decoración del mismo y, más que nada, la sensación que me daba esa casa… esa casa llena de polvo, esa casa vieja y que se sentía sola. Esa casa que algún día estuvo llena de gente famosa, de boruca, de risas y en la que, incluso, estoy segura se grabaron un par de los mayores hits de la música de los 90´s.
Esa casa que ya en el siglo XXI estaba cubierta por un polvo extraño, un polvo que sólo podía provenir de su dueño. De esa estrella.
(Me acordé de él porque sé que va a venir por acá el próximo viernes…)
