La suma de los días y las tristezas.
Hay libros que se hicieron para ser leídos; hay otros que, al parecer, sólo son un cúmulo de palabras, de situaciones y de conceptos que a pocos les interesan. Unos más, que se hicieron para exorcizar el alma de su autor. Y tal vez de los que lo leemos.
El último libro que leí con pasión de principio a fin (y de corridito) fue el séptimo de Harry Potter (snif). Confieso con un poco de pena que llevo como seis meses con “Crimen y castigo” y no he pasado de la página 100. Mi madre, quién adquirió el hábito de la lectura hace como tres años (para los que dicen que si no lo adquieres antes de los 30 años estás perdido, ¡qué equivocados están!), me mira con gesto de desaprobación. “Pero si es un libro maravilloso”.
Honestamente no he estado de ánimo para enamorarme de un paupérrimo asesino de nombre impronunciable. En cambio, me enamoré desde la primera línea de una novela que yo juraba tenía la palabra “hojas” en el título.
Hacía mucho tiempo que un libro no me causaba tristeza.
Con “La suma de los días” siento un nudo en la garganta en cada capítulo. Es chistoso, porque a pesar de la distancia en los años, culturas e historias, me identifico mucho con Isabel Allende.
Su descripción de Chile me parece tan familiar; tan cercana a México. Su experiencia como migrante me trae a la mente imágenes de cuando yo, en otro país y circunstancias, también lo fui. Y me recuerda todo lo que me han contado mi querido Raúl Mejía y la adorable Sachiyo sobre lo que es vivir en California siendo mexicano (bueno, ésta última japonesa adoptada mexicana). Vivir en otro país, como diría el coordinador de la oficina de migrantes en Michoacán, te da otra perspectiva de la vida. Por más que quieras a tu nuevo hogar adoptivo, no eres de ahí. Pienso que por más bien que hable el italiano, el francés o el inglés, siempre caminaré, comeré, me reiré, como mexicana. En lo que llevo leído me he encontrado este tipo de referencias, que me arrancan una carcajada o hacen que parezca caricatura rubia japonesa (Candy Candy).
El capítulo “El poderoso círculo de las brujas”, me sacó un par de lágrimas también. Porque yo tengo uno parecido. ¿Recuerdan aquél aquelarre de fin de semana? Esas mujeres, con las que nos “retiramos” al Albergue de la Luna, con las que me identifico, lloro, meditamos, nos terapeamos, nos ponemos borrachas, nos reímos… compartimos momentos importantes. Somos testigos de nuestras vidas, como describió Allende:
“Todas las mujeres en este mundo deberían tener un círculo como éste. Cada una es testigo de las vidas de las otras, nos guardamos los secretos, nos ayudamos en las dificultades, compartimos experiencias y estamos en contacto casi diario por email (…) Son alegres, sabias y curiosas.”
Afortunadamente no digo: “Ah, esta parte de mi vida me recuerda algo que leí en un libro”. Es viceversa.
Últimamente no he tenido mucho tiempo para la lectura. Pero es delicioso encontrar libros como este, que te crean un nudo en la boca del estómago. No lo estoy recomendando (aunque los invito a que lo compren), sólo comparto un par de reflexiones que en las 74 páginas que llevo, me han movido.
