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La Manuela ha vuelto… y mi última primera cita.

LA MANUELA DEL SEDUCTOR.

Capítulo 4: Primera cita (y citas en general, las reglas siguen aplicando). 

Finalmente el aprendiz de seductor se armó de valor e invitó a la Malcogida a salir.  Aquí, en la primera cita, radica el futuro de la pareja. Pero como todo inexperto (o experto) a veces comente errores, lo mejor es tratar de evitar ciertos puntos durante este importante evento. 

Obviamente los dos estarán nerviosos, a menos que una de las partes esté completamente segura de que el otro muere por sus huesos, esto puede hace que metamos la pata. Así que, toma nota, al menos para ir mentalmente preparado.

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LA PRIMERA CITA…

¿Alguien recuerda una primera cita? Soy malísima con eso del recuerdo y me encantaría escribir de “citas desastrosas”, de esas de película. Pero, ¡qué aburrida!, no he tenido nada parecido.

Pero sí he tenido primeras citas hermosas.

La más reciente “primera cita” fue extraña. Creo que todo lo hemos hecho al revés, por eso, tener nuestra “primera cita” después de presentarle a mi familia, pasar fines de semana enteros juntos y hasta recibir un año él y yo solitos, es digno de recordarse y compartirse.

En nuestra primera cita, Bonsai y yo fuimos a “La Trompa del Elefante”, un pequeño lugar en la colonia Narvarte.

Eran.. más de las 10:30. No puedo decir que yo lucía de lo mejor, pues había viajado por casi 4 horas para llegar a Ciudad de México y, después de una semana de no vernos, nos pusimos al corriente (de nuestras vidas, mal pensados). Y, bueno, sí.

Estaba un poco despeinada, sin maquillaje y con una chamarra de oso polar. Él, con su carita dulce y sonriente. Se notaba que estaba contento de que estuviera ahí. El lugar quedaba cerca de su casa, así que caminamos tomados de la mano hasta ahí.

- ¿Qué quieres de cenar? -me preguntó, y me dio las opciones. Yo elegí baguettes.

Esa noche había dos mesas libres. En una de las ocupadas, varios chicos con tipo de nerds jugaban “Magic” (no pregunten cómo sé qué es eso). En otra, un grupo de amigos con rastas hablaban con tonito fresa y reían mucho. Un señor leía y escribía solo; una familia jugaba Jenga y, casualmente, mi pareja los conocía. Saludé.

Nos sentamos. ¡Qué tontería!, estaba un poco nerviosa. Revisé el menú varias veces. Tenía hambre, pero siempre he sido muy indecisa… me tomo mi tiempo (para ordenar, al menos).

Una cantautora amenizaba el lugar, una simpática y muy sonriente mesera atendía las mesas en un suéter con el que se le notaba que no usa sostén. Le comenté a Bonsai que si llegara a tener una cafetería me encantaría que ella trabajara para mí. En mi vida había sido tan bien atendida.

Me decidí por una baguette de pollo (buenísima) y tomé el té helado más extraño que he visto. Él pidió un cuernito relleno y un par de copas de vino. Hablamos. Nos tomamos de la mano. Nos miramos. Reímos. Callamos.

¡Qué extraño! Salir por vez primera en una cita con alguien de quien ya estás enamorada.

Pensé que era muy raro estar en su mundo. Siempre habíamos estado en el mío. Ahora, yo era la nueva. Pisaba su casa por vez primera. Subía esas escaleras que él sube todos los días junto a su lado. Casualmente también conocí a los que son como su familia. Tomamos chocolate caliente, caminamos las calles que transita todos los días. Olí a qué huele su casa. Escuché cómo suenan sus amigos. 

Conocí el teléfono público de la esquina de su casa, el micro que llega al metro más cercano, el OXXO más cercano, la vista de la ciudad desde la azotea, su cama, su cafetera, su tele, su baño… su vida.

Y ahí sigo. Muy cómoda y feliz.  

Una primera cita digna de ser recordada.