DOMINGO SANTO EN PAPEL…
Por una casualidad llegó a mis manos una carta que escribí hace años. La envié a Sevilla, España, y la destinataria era mi amiga Adriana.
Conservo muy pocas cartas de esa época y ella igual. Nos escribíamos muy seguido. Fue una época productiva “correspondencialmente” hablando. Enviaba postales a mis padres muy seguido e intercambiábamos largas y divertidas cartas con Adriana, en España primero y México después, y mi prima Miriam, que vive en Irlanda.
Me dio curiosidad tener esas hojas moradas entre mis manos. No he cambiado mucho. Creo que en realidad pensaba que sí lo había hecho, pero no. Me expreso de forma similar, sigo haciendo las cursis caritas sonrientes (hasta en su versión electrónica) y al parecer desde entonces ponía acentos de forma correcta.
Pero fue muy raro porque la segunda (de dos) carta que leí la escribí un Domingo Santo y la re-leí un Domingo Santo… seis años después.
La sensación de leerte a ti misma es, primero, de temor. Al parecer tenía miedo de darme cuenta que en ese entonces era una boba… o tal vez de comprobar que sigo siendo esencialmente la misma. Pero esa sensación desapareció después de la primera línea.
Han pasado tantas cosas en estos años… me he mudado, he conocido gente y hasta hablo –en las cartas- de personas que no he vuelto a ver ni a saber de ellas.
Recordé cómo el enamoramiento se escabulle con la distancia y el tiempo, que desde entonces me atraen los hombres más jóvenes que yo (o sea, que no tengo remedio) y que hacía referencias a películas durante mis líneas.
¿Seguiré siendo la misma? He cambiado, cierto. Pero, al final de esas cartas con aroma a té con leche y recuerdos de los Patterson, me di cuenta de que lo esencial lo seguimos guardando, conservando, mientras que podemos, sí, mejorar.
