De vacunas, disfraces y amigos no alcoholizados (Parte II)
Diez días antes del evento me decidí: la fiesta definitivamente sería en casa de Luis. Como realmente no tenía idea de cuántas personas asistirían lo que hice fue hacer un cálculo mental y pensar: total, hay mucho patio y mucha calle para amontonarnos. La fiesta iba tomando forma y quería hacer mil cosas para la celebración. Lo malo era el tiempo. Desde hace varios meses tengo un cúmulo de trabajo impresionante, así que mi tiempo libre es realmente poco. Además, eso de llevar karaokee y videos editados por profesionales (terceros) puede ser costoso y… si me daba flojera lo de la limpiada, lo de la organizada de tanta cosas y con tan pocas horas al día… el resultado seguro no sería lo mejor: yo cansada, sin ganas de disfrutar, seguramente durmiéndome en la fiesta.
Total que le envié a mi diseñador de confianza la idea de la invitación en el momento en que decidí de qué iría vestida. Breakfast at Tiffany´s se había cruzando en mi camino cuando juntaba varias películas para prestarle a una amiga: Yei!!!, Holly Golightly!! Sexy, inteligente, parrandera, glamorosa… ¡¿qué mejor forma de comenzar un año más de vida?!
Mi festejo comenzó el viernes 18 de abril, cuando a último momento siempre sí nos fuimos a San Miguel de Allende al taller de Torah. Así me eché un clavado que duró exactamente de viernes a viernes, dejándome de evasiones y confrontando algunas cosas truculentas de mí misma. Bueno, suena terrorífico pero así es esto del trabajo interno.
El 24, mi cumpleaños, como ya lo postié, recibí un pastel, muchas muestras de cariño y un regalo de mí para mí.
El 25, comenzaría la fiesta…
Todos llegaron con un retraso considerable. Esperaba a Vicco en el hotel, en la alberca… suena muy sexy, pero en realidad era un lugar perfecto para una espera de más de una hora. ¿Saben que en la noche le echan sal a las piscinas? ¿O que muchas personas se asoman por la ventana por largos minutos a ver a la gente que está en las albercas? Que la gente se esconde para fumar mota, que cuando hace frío las nubes forman extrañas figuras y que cada día se ven menos estrellas en el firmamento por las luces de la ciudad. Así que la espera fue más bien tranquila, con aire fresco y muchos pensamientos. Entre Reyna llamando para confirmar su total extravío y Vicco avisándome que venía ya a 50 kilómetros de la ciudad, los minutos pasaron. Por fin, escuché un rechinido… y vi a un joven alto jalando una maleta con rueditas. Nos dimos un abrazo muy fuerte.
Al poco tiempo una enojada Reyna nos dio un abrazo. Se habían perdido… (aunque me tupirá… no es mi culpa que el hotel no tenga letreros… y nunca me he quedado ahí, je). Kary y Tlacuache estaban lampareados y todos nos moríamos de hambre. Después de una cuantas respiraciones y pensar en una camita calientita y que, por fin, estaban en el destino, fuimos a cenar a uno de mis lugares de favoritos. Parecía un poco extraño que estas personas que llegaron a mi vida por un medio electrónico estuvieran ahí, compartiendo esa deliciosa salsa de pepinos, limones y chiles verdes conmigo. En el lugar donde vivo. Tener a estas cuatro personas, a estos cuatro amigos en mi hogar no tenía explicación lógica y menos si afirmo que nos sentíamos todos tan cómodos que parecía que nos conocíamos desde hace años. Tengo que aclarar que ya conocía a Reyna, Tlacuash y Kary en persona y con Vicco siempre ha existido una gran amistad telefónica y cibernética (soy como su hermana mayor), así que el paso “a la vida real” fue muy fácil.
Hablamos y hablamos, comimos delicioso y al final, llegamos a la Laticueva, mi casa. Me llama la atención que tanto a Reyna como a Maléfico les encantó mi buzón de correo: una lata de leche, hermosamente (sha la la la la) decorada con imágenes del Warhol… ¿qué más? ¡Una lata de sopa! **La censura me prohíbe decir que es una Lata de sopa Campbell’s**
De verdad que el sentimiento era de completa comodidad, al menos de mi parte; teniéndolos ahí, formando parte de mi entorno cotidiano. Vicco y Tlacuache se fueron a su hotel a descansar y las damiselas nos quedamos a echar chisme hasta no sé qué hora de la noche.
Por la mañana, Reyna se despertó al ritmo de la música de un camión de gas… y después, se dedicó a observar los pajarillos, cual Blancanieves (o Fiona princesa -por supuesto-, que para el caso son princesas las dos y ésta humana es una REINA… **doh!, ahora sí me gané un zape**).
Cof cof… volviendo a lo que importa. Los caballeros nos despertaron con dulce olor de Starbucks… y después, Tlacuash tuvo el impulso de robar el mandil de esa cadena de cafeterías que yo me robé…
Otra vez me distraigo… Volviendo al tema. Fuimos al centro de la ciudad… Yo quería que probaran algunas de las delicias purépechas, que vieran Morelia como yo la veo y como tantos amigos lo han hecho… No sé si se hayan enamorado de esos edificios chaparros de cantera rosada, de los edificios con patios centrales y arquerías, pero recordé lo divertido que es estar con comunicólogos… que, además, traen cámaras digitales en la mano… ¿¡se imaginan?! Es un caos de flashes, un cúmulo de risas y más de 300 fotografías que compartir.

El desayuno estuvo bueno, la compañía mejor… Creo que a Vicco realmente le sorprendió que las tres mujercitas del fin de semana (es decir, nosotras) fuéramos bajitas, “petite, no chaparras”, mencioné en alguna ocasión.
La señora de las flores nos ofreció sus productos, el niño de los globos masajeadores los suyos. Varios autos exhibían su potencial en plena avenida Madero, enfermeras del IMSS ofrecían vacunas gratuitas y, por supuesto, sólo Karina y yo nos animamos. Lo más simpático era el terror de los chicos ante estas guardianas de la salud. Sus ojos parecían salirse de sus órbitas al sólo pensar en que una aguja penetrara sus pielecillas tersas.
Palacio de Gobierno, el Museo del Dulce, la Casa de la Cultura y la de las artesanías fueron testigos de nuestras locuras con el timer de cuatro cámaras fotográficas. Nos divertimos como niños chiquitos (ok, sobre todo yo), contamos historias y nos fuimos conociendo más.
Pronto fue hora de volver a casa… para esperar a Maléfico… quien, por un error femenino (una de sus conquistas, supongo), llegó a otro hotel. Entre mensajes y llamadas telefónicas confusas, Manuel nos avisaba que había aterrizado en tierras tarascas (y que le habían cobrado un dineral de taxi).
Lo que seguía, era encontrarnos con el quinto malo, digo, sexto bueno. Maléfico estaba esperándonos… y temblaba de miedo.
(Continúa…)
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Pero, extrañamente, todo se fue armando solito. Por las mañanas, mientras íbamos a correr con 