Regalos de cumpleaños
Con esto de que ya viene mi cumple (9 días, ¡gulp!), varios amigos me han preguntado “¿qué quieres de regalo?” Este tipo de preguntas me da cosa, es como el típico “¿Cuánto quieres ganar?”… ¿qué se puede contestar?
De repente no se sabe si son capciosas, ¿Y si me equivoco en la cifra? ¿Y si pido poco y se aprovechan de eso? ¿Y si pido mucho y creen que me creo la muy muy?
Pero de camino a Guadalajara (a donde fui por trabajo y en donde conocí a la preciosa Blanche) iba pensando en eso… ¿qué podría pedir de regalo? El primer impulso fue: ¡nada! Creo que cuando llegas a cierta edad dejan de importarte algunas cosas y cuando necesitas algo… vas y lo compras, ¿no? Aunque… siempre habrá algo que quieres (no que necesitas, que es distinto). Entre mercados, sol, museos y la compañía de un gran amigo, se me fueron ocurriendo ideas. Por ejemplo, “una sorpresa”, sería la mejor respuesta. Amo las sorpresas (las buenas, ¡por Dios!), y siempre que te dan algo inesperado es divertido y emocionante.
¿O qué tal decir: un pase anual para el cine? Una mesita para comer en la cama. Una buena película, libro, algún soundtrack o cd de esos de “no puedes morir sin haber escuchado”. ¡Zapatos! Creo que hay pocas posibilidades de equivocarse con los zapatos (si me conocen bien, claro… –calzo del 3). ¡Una bolsa/mochila! Un juego de maletas o hasta un pasaje redondo a un destino **ya, ya, no escribas un auto, te estás excediendo** Algo inesperado sería: unas sábanas blancas, de muchos hilos. ¿Una funda hermosa para mi edredón de plumitas? Un vale por “limpieza de tu casa” por un mes. Una cena, cocinada en casa, sería excelente. Un tour por una ciudad nueva, un estudio de fotografías (y yo estar delante de la cámara, claro). Una tarde de cuentos, en donde sólo haya historias y fotos y tú seas el único público. Una noche de películas, con un proyector sobre una pared grande y muchos almohadones por doquier. Una litografía o póster con alguna obra de tu pintor/fotógrafo favorito… ¡no sé! Hay tantas cosas…
Lo más lindo es cuando piensan en algo especial para ti, no algo general, sino algo que saben que tendrá un significado en particular.
Por eso recordé esos regalos que dejan buena huella. Por ejemplo, a los 15 mi novio me llevó mañanitas… ¡con mariachi! Qué susto escuchar la trompeta casi en tu oído. A los 21 mis compañeras de la uni me hicieron una fiesta sorpresa… A los 25 Luisa me regaló un espejo de cuerpo entero, en mi cumple 27 recibí un librote de THE BEATLES (y festejé en un concierto de McCartney), junto a una divertida tarjeta…
A los 29 recibí mi reproductor de DVD (¡yeiiiii!), lo que me sorprendió un montón a decir verdad…
A los 30 recibí a “Lola”, mi cámara digital de bolsillo, con todo y tarjeta de memoria (uno de los regalos más útiles y lindos) y la visita de Adriana desde Ciudad de México. A los 31 mi amiga Mo me obsequió la colección de las cintas de Harry Potter… casi lloro cuando lo abrí.
También he recibido libros eróticos (síiii), que se complementarán (supongo) con algún regalo maléfico de este año…
Sé que voy a sonar bien cursi, pero la verdad es que el mejor regalo es ver a mis amigos reunidos por mí. Qué egoísta que soy, pero el saber que mis amigas consiguen niñeras para acudir a un café para celebrarme o que Adriana, Manuel, Víctor, Reyna, Aldo, Kary y Ross toman la carretera (o el avión) sólo para decirme “felicidades”… –como diría MASTERCARD- No tiene precio.
Para terminar este mail/recuerdo/recuento ególatra… Mi regalo favorito en los 31. Recibí un correo electrónico desde algún rincón del mundo que se titulaba así: Regalo de cumpleaños. Y era lo siguiente y sólo lo siguiente:
EL AMOR
Las palabras son barcos
y se pierden así, de boca en boca,
como de niebla en niebla.
Llevan su mercancía por las conversaciones
sin encontrar un puerto,
la noche que les pese igual que un ancla.
Deben acostumbrarse a envejecer
y vivir con paciencia de madera
usada por las olas,
irse descomponiendo, dañarse lentamente,
hasta que a la bodega rutinaria
llegue el mar y las hunda.
Porque la vida entra en las palabras
como el mar en un barco,
cubre de tiempo el nombre de las cosas
y lleva a la raíz de un adjetivo
el cielo de una fecha,
el balcón de una casa,
la luz de una ciudad reflejada en un río.
Por eso, niebla a niebla,
cuando el amor invade las palabras,
golpea sus paredes, marca en ellas
los signos de una historia personal
y deja en el pasado de los vocabularios
sensaciones de frío y de calor,
noches que son la noche,
mares que son el mar,
solitarios paseos con extensión de frase
y trenes detenidos y canciones.
Si el amor, como todo, es cuestión de palabras,
acercarme a tu cuerpo fue crear un idioma.
Luis García Montero

