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Ladrón de tiempo

No sé si exista alguien –o algo- que robe el tiempo, pero seguro que ese caco ha pasado por mi vida. El tiempo se me va, desaparece. Un momento estoy arreglándome para ir a trabajar y en el otro estoy desarreglándome para irme a dormir. 

Ese ladrón también se lleva días, semanas enteras, parecería que se desvanecen de la memoria, de la vida misma, que desaparecen por completo. Puaf, nada, adiós. Cero.  

Si no fuera por las imágenes diarias juraría que me quedé en el día 20 de junio. Después, no sé qué sucedió. ¿Dónde quedé? ¿A dónde se fue todo? 

Subo, bajo, entro, salgo. Escribo, pero ya no lo mismo de antes; ya no como antes. No sé si la inspiración seguirá por ahí, pero no puedo escribir de nada de lo que pienso o siento porque últimamente no pienso ni siento, sólo existo. Existo para arreglar un poco de la vida y al final sentarme en la azotea y contemplar esos grandes árboles, ese kiosco de pueblo que me saludarán cada mañana al menos por un año más. 

Entonces me doy cuenta de que tal vez el roba-tiempo no me robó nada y que en realidad sólo han pasado 8 días, OCHO, pero se han sentido una eternidad. 

Todos me dicen que esto es una jungla y a pesar de vestirme como si fuera enero 8 en lugar de julio 8, me gusta esta jungla. Con su lluvia. Con su gente. Con sus esquites. Con lo que me he perdido por carecer de tiempo que me ha sido arrebatado. Con su casa de arte y su Mariposa y Escafandra. Con su metro Polanco, su Horacio, su Homero (el de los Simpson, claro), su Lamartine. Con Cecy y sus brazos abiertos –con elevador descompuesto, hormigas y don portero incluidos-. Y Adolfo. Y Reyna y sus porras. Y Elo que siempre está ahí. Con el billar y los hondureños. La Condesa y la Roma. Con Atz, Guevo y Valentina que patea el vientre de su madre. Con todos los que están llegando de fuera. Con Dan, quien me sigue confiado por las calles y don gruñón que quiere que sea su vecina. Con las cenas caras y las 22 llamadas perdidas. Y Albania cada día. Y México Desconocido. Con la Patana que me incita a salarme mi trabajo. Con Don Rul, del que me estoy volviendo reclutadora oficial. Hasta con Plaza Loreto porque no me sé ninguna otra tan bien.  

Sí, se están robando mi tiempo, mis días, mis horas. Y así pasan mi tiempo, mis días, mis horas. Hasta que deje de sentirlo así y comience a sentirlo como mío. Como la rutina. Como el hogar.