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La Ciudad de los palacios

Muchos creen que el destino turístico más “disfrutable” durante las vacaciones es la playa. A mí no me lo parece. A menos que vayas a un lugar lejano, virgen, las costas durante esta época del año están atiborradas de bañistas, ruido, vendedores ambulantes, griterío, y, para acabarla… el sol quemante sobre tu piel salada y un aire húmedo, pesado, gracias al cual no puedes acomodar tu cabello.

Para mí, vacaciones significa felicidad y es por eso que elijo una de mis ciudades favoritas para pasar mis días de asueto: la Ciudad de México. Sí… no hay error, ningún hacker vino a cambiar el nombre de la ciudad que esperabas… ¡Chilangolandia! ¡Piénsalo! El lugar con más museos y galerías de arte en el mundo (112, según la revista “Chilango”) no puede ser tan malo.

Esta metrópoli durante las vacaciones es el paraíso terrenal, casi todo el mundo sale huyendo y se queda a disposición de los que trabajan en los restaurantes, los workahólicos, alguno que otro ingenuo que se perdió por ahí y los paseantes, como yo. Es hermoso ver las avenidas, los centros comerciales, los museos, los restaurantes irradiando “tranquilidad”… entre comillas porque Ciudad de México no podrá nunca ser tranquila del todo.

Así que hago mis maletas y me preparo para explorar chilangolandia… Además, tengo que escribir sobre la ciudad. Y pensé en mis sitios favoritos.

Pero necesito ayuda, ¿qué atractivos son básicos para cualquier visitante primerizo en la ciudad?

¿Cuáles, para ti, son los sitios que nadie se deben de perder cuando visitan el Distrito Federal?

Un chocolatito para el corazón

Es tan santo el chocolate

que de rodillas se muele

juntas las manos se bate

y viendo al cielo se bebe.

Verso popular

 

 

 

Todo comenzó en 1940, cuando dos hermanos oriundos de Uruapan tenían una tienda de abarrotes y vendían azúcar en turrones. Con el trajín de los costales, los terrones de desmoronaban y al final de las jornadas acumulaban mucha azúcar suelta que no se quería desperdiciar. Entonces se les ocurrió la idea para utilizar ese sobrante: mezclarlo con uno de sus productos favoritos, el cacao, y fabricar chocolate de tablilla de modo artesanal. Poco a poco ese pequeño negocio fue creciendo debido a la demanda del producto, lo que generó una empresa 100% uruapense que ya exporta su mercancía, cuya calidad natural está avalada por el certificado Kosher.

La chocolatera abre sus puertas a grupos escolares todos los miércoles y planea hacerlo a visitantes en general, también organizados en grupos (si se desea conocer el lugar, se pude unir a una de las escuela, concertando la cita previamente).

Nos reciben con grandes sonrisas y una plática sobre la historia de la fábrica y de sus productos. A los pocos minutos nos ofrecen una humeante taza de chocolate en agua que nos estimula aún más a conocer el proceso que se sigue para la elaboración del mismo.

Lo que se hace primero, después de recibir el cacao de Chiapas y Tabasco, es limpiarlo y romperlo, luego se va al tostador, en donde adquiere el sabor y desarrolla su olor característico, si se pasa de tiempo, se quema y el sabor es desagradable. Le sigue el molido, al triturarlo se hace un tipo de jarabe (debido a la grasa) que se almacena a altas temperaturas para terminar de eliminar cualquier impureza. Posteriormente se realiza el primer mezclado, el cual se convierte en pasta de cacao y luego se refina. En el segundo mezclado ya se le agrega la canela, la lectina, etc. Se hace un depósito donde se enfría la pasta ya con todos los ingredientes y pasa por el dosificador, que va llenando los moldes que después se compactan y se desmoldan y empaquetan.

La visita en total dura menos de una hora, pero el recorrido te da la sensación de ser testigo de una parte de México de la cual todos nos orgullecemos pero pocos conocemos.

El chocolate es un producto originario de América, particularmente de tierra mexica y de Honduras. Se dice que el emperador azteca, Moctezuma, consumía cacao para energizarse y que era una bebida reservada para las clases privilegiadas, ya que los granos eran de tan alto valor, que se utilizaban como moneda. También se dice que cuando el emperador recibió a Hernán Cortés, creyendo que era el dios Quetzalcoatl, le ofreció cacao mezclado con maíz y otros ingredientes, intrigándolo por completo. Siglos después el perfeccionamiento de las recetas de los productos que conocemos hasta hoy día han sido producto del trabajo de monjas oaxaqueñas, experimentadores holandeses y empresarios suizos.

El cacao es rico en almidón, proteínas, vitaminas, minerales y grasas y se le atribuyen numerosas propiedades terapéuticas y hasta afrodisiacas.

El chocolate es un producto que nos acompaña día a día, que ha servido de alimento a soldados en guerra y que, definitivamente, nos alegra el corazón.

AÑORANDO LAS MALETAS… (y armando pleitos con bloggeros)

Hoy en El Universal en línea salió una nota sobre un nuevo programa de televisión que se presentará en Estados Unidos, conducido por tres estrellas gringas, entre ellas Gwyneth Paltrow. El programa se centrará en España, país que la Paltrow conoce muy bien (¿la han escuchado hablar español? Es impresionante…).

Amo viajar… y cada vez que escucho de este tipo de programas se me hace agua la boca (por no decir que me pongo verde de envidia) y quisiera estar haciendo exactamente lo mismo… ¿Se imaginan? “Crónicas de una lata viajera”… o algo parecido.

De hecho, ayer por la mañana hablaba con una amiga sobre la vida, mi vida y cómo me imagina (ella) en unos años. Dijo que me imaginaba felizmente viajando por el mundo y escribiendo sobre eso. Tomando fotos y compartiendo esas experiencias.

Hoy por la mañana estaba lavando una taza y al voltearla, vi una inscripción con mi letra: Oaxaca, septiembre 2000. Entonces vi otra taza “Starbucks, 2003” (esa, robada, por supuesto). Y las postales en las paredes… regalos de aquí y de allá. Respiré profundo y seguí en lo mío. Pero no puedo sacar de mi sistema ese gusanito por hacer una maleta, trazar una ruta y agarrar cualquier medio de transporte hacia mi destino.

Hace mucho que no lo hago. Vaya, este año he pisado varias veces tierras chilangas, Querétaro y San Miguel de Allende… total, que hasta a Pátzcuaro fui a tomar unas fotos… pero no, a esos viajes no me refiero.

En 2003 hice lo que llamamos “mochilazo” antes de regresar a vivir a México de manera definitiva. Tomé un mapa de Europa y pensé muy bien qué países quería visitar. Mis destinos fueron elegidos tomando en cuenta dos cosas: que el lugar me llamara la atención o que hubiera algún amigo que visitar. Por supuesto que no visité todos los lugares que me llaman la atención (me hubiera tardado mucho más de tres meses hacerlo…) ni a todos los amigos que hice durante los casi dos años que viví fuera de nuestro país.

Así que planeé mi ruta: Londres-Edimburgo-Londres. Para empezar. Con el pie derecho, debo decir. Ahora mismo tengo publicado un texto en donde hablo de mi experiencia escocesa, que fue increíble. Descansé un día y crucé el Canal de la Mancha en el famoso Eurostar. ¿El destino? París. Bélgica, Holanda, República Checa, Eslovaquia, Polonia, Italia y España. Tres meses con la mochila en ruedas (porque no fue al hombro) y muchas experiencias. Conocí amigos que eran cibernéticos (qué costumbre tan buena la mía), visité los lugares en donde vivían, donde habían crecido algunos de mis mejores amigos… esa parte fue hermosísima; estar ahí en ese rincón de un país que ni existía cuando era niña (Eslovaquia), en donde jugaba mi amiga Mirka de pequeña, en casa de sus padres… lost in translation.

Para recordar y escribir algunas de las crónicas que hago, me ayudo con mi diario de viaje y mi scrap book, lleno de mapas, boletos, fotos, postales, anotaciones y hasta recortes de periódicos en lenguas que no entiendo. Cada vez que lo hago puedo tardar horas viendo y leyendo cómo me sentía en cada sitio; la impresión que me causaba cada ciudad, la casa de mis amigos y hasta el clima.

Mi pasaporte vence en agosto de 2008. Ese pasaporte que tiene algunos sellitos y hasta una visa eslovaca. Quisiera que nunca expirara, porque hace mucho que no lo uso y renovarlo me hace sentir noséqué (además de que salgo súper guapa en la foto, jajaja). ¿Será síntoma de que no suelto el pasado? Me estoy poniendo profunda y este post, en realidad era sobre una cosa: extraño viajar.

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PÁTZCUARO DE MIS AMORES (UN VIAJE AL PASADO II… para que se anime Surti)

Retomando un poco nuestro viaje por tierras purépechas, estamos de camino a Pátzcuaro después de haberle dedicado un par de horas de nuestro día a Tzintzuntzan, el que con sus Yácatas nos dio la bienvenida a estos territorios.

calles-de-patzcuaro.jpgMireya, Sean y yo sólo pensábamos en ingerir los sagrados alimentos del día, así que al llegar a la ciudad lo primero que hicimos fue buscar un lugar donde sirvieran “menú” o, como se conoce en México (si eres de España, favor de creerlo) “comida corrida”, el cual generalmente incluye sopa, pasta o arroz, guisado, tortillas y agua; a veces (y si te portas bien) hasta postre; todo por una cantidad que puede ir entre los 25 y los 70 pesos.

Encontramos un restaurantito justo en la calle que comunica las dos plazas más famosas del lugar. Nuestro amigo anglo-japonés se lanzó a la aventura y pidió lo mismo que nosotras: Sopa Tarasca, arroz, pollo con mole negro y flan (de cajita). El primer platillo es una mezcla entre sopa de frijol y de tortilla, con chile negro seco, crema y quesito desmoronado, ¡un manjar! De lo demás, ni qué decir, comimos tanto que tuvimos que caminar mucho para bajar el festín.

patzcuaro-estatua-plaza-don-vasco-smll.jpgAhora sí, bien servidos, nos dispusimos a recorrer los callejones, peleando de vez en cuando con ráfagas de lluvia. No sé porqué asocio Pátzcuaro con lluvia y amor, romance y muerte. Tal vez sea porque el clima es húmedo debido a su cercanía al lago, o porque aquí me re-enamoré de mi ex (al final no muy efectivo el pueblo), quizá porque en celebraciones de Día de Muertos no hay otro lugar en la Tierra mejor que Pátzcuaro para acercarte al mundo del culto a la muerte.

Estas tierras son un no tan silencioso testigo del pasado, mirando hacia el presente. Sus calles empedradas o pavimentadas, con edificios de estructura idéntica, blancos y marrón, con tejados en triángulo, con letreros lo menos llamativo posible, le dan la bienvenida al visitante.

patzcuaro-1.jpgCaminamos hacia la plaza Don Vasco (nuevamente Vasco de Quiroga se nos mete entre los pies) y nos sentamos en una de las grandes bancas. Por ahí un grupo de jóvenes le regalan al curioso (propio o extraño) la danza de los viejitos. Los niños miran atentos, sonriendo y tal vez creyendo que sí son ancianos los que bailan. Vendedores hippies ofrecen sus artesanías, sus joyas hechas con piedras extraídas de quién sabe dónde o cachivaches antiquísimos. No falta la señora que quiere que a fuerza le compremos alguno de sus manteles o carpetas, o la que quiera que Sean sea todo un macho, de esos de las películas de Jorge Negrete (con todo y sus ojitos rasgados) y nos conquiste, a las dos, con una rosa (para cada una, claro está). El vendedor de globos no puede faltar y el niño que hace berrinche para que la mamá le compre uno (¡de Pokémon, de Pokémon!) tampoco.

Visitamos el centro de atención turística y no sirvió de mucho. Nos metimos en algunas de las casas que rodean la plaza y sus patios centrales, coronados por arquería y macetas, nos hicieron enamorar aún más del sitio. La Casa de los Once Patios (de los cinco patios, actualmente) también es un lugar mágico. Entre artesanías, telares a la vieja usanza y rincones románticos disfrutamos de visiones del pasado mientras la lluvia coartaba nuestros ánimos de seguir caminando.

Cuando por fin el cielo se cansó, salimos por la calle que lleva directamente hacia la Basílica de Nuestra Señora de la Salud y que es uno de los caminos más bellos del mundo. Las iglesias con su apariencia viejísima y gente cargada de flores, los mercaditos de artesanías y los puestos de gelatinas con rompope nos recuerdan aquellos tiempos que sólo conocimos a través de los relatos de los tíos o abuelos.

La Basílica es grande, alta y es visitada por miles de fieles a lo largo del año a rendirle tributo y a pedirle a la virgen que les ayude en sus sufrimientos y los alivie.

camara-sean-232.jpgSeguimos en nuestro recorrido y llegamos hasta la plaza de San Francisco. El extranjero encuentra totalmente “charming” el mercadito en donde las marchantas se pelean por el cliente y el olor a pescado nos hace huir.

Casualmente entramos a la biblioteca pública y nos atrapa. Es hermoso, con su gran mural y su techo altísimo, ¿quién hubiera imaginado un sitio así justo enfrente del lugar más atestado de transporte público, ruido y gritos de los alrededores? Junto hay un tianguis de artesanía que inmediatamente capta los flashazos de la cámara de Sean.

vendedores-en-patzcuaro.jpgDespués, llegó el momento de ir por la famosa nieve de pasta. En el portal Hidalgo sobrevive una de las tradiciones más antigua de la zona, la de las nieves. Hace más de cien años un lugareño, don Agapito Villegas, inventó la secreta fórmula que ha pasado de generación en generación y que ha conquistado los paladares de casi todos los visitantes. Nos lanzamos a la aventura helada y casi lo logramos, sólo faltó un cuarto para terminar el vasito, “demasiado dulce”, decimos.

Subimos al Cerro del Estribo desde donde la vista del lago y de la isla de Janitzio es fantástica. Pero lo que se lleva la tarde es otra cosa. Nos detenemos a disfrutar y algo nos llama la atención; un toro anda suelto cerca de nosotros. Al parecer se siente solo y quiere hacer amigos, por lo que se nos para enfrente y trata de coquetearnos. Lo logra por momentos, pero no nos arriesgamos demasiado y decidimos retirarnos.

Es hora de marcharnos, la luz se está extinguiendo. Nos llevamos un buen recuerdo de la deliciosa comida ingerida, nos llevamos un pedacito de Pátzcuaro en nuestras cámaras y nuestros corazones.

Hemos aprendido que bien vale la pena conservar las tradiciones, respetarlas para al final, poder, todos, disfrutarlas.

Así es Pátzcuaro, un lugar donde la tradición no ha muerto… aunque la huesuda “Catrina” nos diga lo contrario.

P.D.: “La Catrina” es la representación de la muerte, es un esqueleto de mujer elegantemente vestida y famosísima en la época de Noche de Muertos; surgió de la mente del artista mexicano José Guadalupe Posadas.

UN VIAJE AL PASADO, ENTRE PIRÁMIDES (Para que se le antoje a Surtido Rico)

yacatas-zinz.jpgRecorrer Michoacán es toda una experiencia. Y no sólo hablo de encontrar el autobús que nos lleve al destino, de viajar con pollos junto a nosotros (en caso de que viajemos en tercera) o de no olvidar la música adecuada para el trayecto, si optamos por automóvil. Este estado ofrece un maravilloso abanico de posibilidades, de colores, de aromas, de sabores, de sonidos.  

Cuando eres oriundo de estas tierras, en realidad no adviertes los grandes árboles que te ofrecen su sombra para descansar, o cuán buena y variada es la comida. Mucho menos te ocupas de conocer la historia y saber quién fue el famosísimo don Vasco de Quiroga. Así que decidimos dejar detrás nuestra ignorancia y lanzarnos a la aventura al ritmo de una pirekua (música típica purépecha) a todo volumen. Dos mexicanas y un anglo-japonés nos cargamos con cámaras, algo de dinero y zapatos cómodos para visitar dos lugares importantísimos en Michoacán: Tzintzuntzan y Pátzcuaro. 

En este estado ubicado en el centro-occidente de México habitó el gran imperio Purépecha. Dichos guerreros no fueron derrotados ni por los poderosos aztecas, y eso que lo intentaron en varias ocasiones. La conquista por parte de los españoles se realizó de forma pacífica, algo así como una negociación, apoyada en gran medida en la conversión religiosa. Distintas congregaciones de sacerdotes arribaron desde la Madre Patria a estas zonas “olvidadas por Dios”. Hubo de todo, xenofobia, explotación, esclavitud y buenos personajes que se ocuparon de integrar a los indígenas al recién creado Virreinato. Uno de esos buenos hombres fue precisamente un cura español, quien llegaría a ser el obispo de Michuacan, Vasco de Quiroga. Él creó un sistema llamado “hospitales”, en donde no sólo se atendían las enfermedades de ibéricos, mestizos e indígenas, sino que se les daba refugio a estos últimos y se les enseñaba a crear maravillosas obras de arte con sus manos, utilizando como materia prima elementos de la región. Tal vez es por esto que Michoacán es una de las entidades donde aún se pueden encontrar una gran variedad de artesanía original. 

Viajamos de Morelia por la autopista hacia Pátzcuaro y nos desviamos sólo unos kilómetros antes de llegar. Tzintzuntzan es un pueblito pequeño y pintoresco, en donde se pueden encontrar artículos divinos a precios aún más atractivos. Pero nuestra primera parada no fue el mercado sino la zona arqueológica del lugar. 

Dos profesoras mexicanas entran gratis, un estudiante extranjero tiene que pagar 30 pesitos. Visita obligada al baño (limpitos) y un sitio vacío, exclusivo para nosotros tres. 

monasterio-tzintzuntzan.jpgLa vista es espectacular. Verdísima vegetación a nuestro alrededor, pirámides rectangulares y circulares (llamadas Yácatas), el pueblo un poco más abajo, a nuestros pies, y montañas enmarcando el Lago de Pátzcuaro. Benditas cámaras digitales, nos dan “deditis” y casi hacemos una caricatura con tooodas las fotos que tomamos. 

Nuestro primer impulso, claro, es escalar las pirámides, tratar de encontrar una subida segura entre todas las piedras que se alzan para formar la estructura… a pesar de que dice “no subir”. El diablito a nuestra izquierda nos incita a hacerlo, el angelito a la derecha nos dice que si lo hacemos estaremos contribuyendo a la destrucción lenta del sitio (¿o tal vez será que la estructura es débil y podemos caer a la tumba de algún rey o Caltzontzin al puro estilo de Indiana Jones?) Finalmente traspasamos el permiso para un par de fotos y bajamos el escaloncito a prisa para evitar ser detenidos por las autoridades del Instituto Nacional de Antropología e Historia.  

Nuestros pies están mojados por el pasto, por lo que aprendimos que debemos de traer botas y no tenis… pero no nos importa. La energía es fuerte y no nos queremos ir. Nos sentimos tranquilos, en paz… poderosos. El lugar es mágico; una mezcla entre sublime y armonioso. Lo que me parece increíble es que esté vacío y me pregunto cuántos mexicanos han visitado esta zona, han disfrutado este paisaje, y no vale la noche de muertos, cuando cientos de adolescentes alcoholizados parrandean por aquí y por allá. 

Así, terminamos nuestro recorrido por las Yácatas y nos dirigimos al centro del pueblo. Como decía al principio del texto, el mercado de artesanías es un sueño hecho realidad: vivos colores, chúspata (tule o “mimbre”) en forma de canastos, adornos navideños, alcancías, botes de basura, sombreritos y sombrerotes; vajillas de cerámica y de barro, juguetes de madera, zapatos, perros callejeros… ¡ah!, eso no es parte de las artesanías, pero sí del folklore de todo poblado mexicano que se digne de serlo.  

arbol-abuelo.jpgDe ahí pasamos al monasterio franciscano del siglo XVI, un lugar encantador y rodeado de un aura mágica. Cuenta con una cruz atrial que encaja perfectamente con el paisaje definido por las casas de tejas rojas. Ahí también se encuentra una antigua estatua de Don Vasco, una capilla abierta, en donde se celebró misa por primera vez en Michoacán y los árboles con la apariencia más antigua que he visto, que te dan la impresión de estar ahí desde antes de la época del Imperio Purépecha… no sé, parecen árboles abuelos. 

- ¡Una autofoto!, sonríe Mireya, abre los ojos, Sean. 

A esa hora la tripa ya hacía ruidos extraños y, después de comprar unas cuantas gangas, encaminamos nuestra marcha (y nuestros vacíos estómagos) hacia Pátzcuaro, donde más sorpresas nos aguardaban. 

la-famosa-autofoto.jpgContinúa…

BARCELONA BAJO LA LLUVIA

frmtowerofsagradefamilia.jpgNo entiendo, a pesar de sus amplias calles Barcelona no tiene esquinas. Entiéndase esquinas al ángulo de 90 grados, así como una “L”. Hay que caminar más y si se toma en cuenta que casi no ha dejado de llover por los últimos tres fríos días, los resultados obtenidos son: nariz enrojecida, pantalones húmedos y fotos llenas de gotitas.

Estar en España, sin embargo, me hace feliz. Por mucho tiempo no supe lo que eran los acentos, y ¡qué decir de las “ñ”! Qué bonito es poder poner signos de admiración al inicio y al final. Qué fácil es viajar por aquí, todo el mundo te entiende, aunque tú te hagas bolas con los idiomas y le hables en inglés a tu casera y en español a tus compañeras de viaje (una japonesa y una malaya).

¡Qué bonito es Barcelona! y no se equivoquen, que otras ciudades también me han gustado mucho, sólo que después de una semana difícil en Italia esto me parece la gloria. ¿Difícil? bueno, si se toma en cuenta que pasamos toda una noche en la estación de trenes de Roma y otra en el aeropuerto de Milán, todo tiene sentido (al menos eso espero).

Nos quedamos en casa de una señora catalana muy arregladita toda ella, Doña Paquita (recuerden, el Doña es de rigor, estamos en España). Nos sentimos como princesas; después de no bañarnos por un par de días (“No somos sucias, somos salvajes”, diría Yukino, la japonesa) el tener agua corriente, lavadora, cocina, ¡hasta plancha!, nos parecen los mayores lujos de este mundo, ¿quién podría pedir más?

La compañía es muy agradable. Estamos rentando un cuarto con dos camas individuales. Hay otras dos chicas que también alquilan una habitación: una argentina, Paula, y una mexicana, Lettsy. Dimos con este sitio por mi amiga Gaby, sí, la misma que fue a visitarme a Inglaterra. Estamos fascinadas por entrar a la vida de “la gente normal”. Claro que es un sentimiento distinto el quedarnos con nativos, pues aprendemos parte de su cultura. Por ejemplo, Doña Paquita recibe por las tardes a sus amigas para tomar café, todas más o menos de la misma edad, encopetadas y hablando sólo en catalán. Sí, los catalanes son muy celosos de sus costumbres y en esta región de de la “Madre Patria” se respetan y hasta se pelea por conservarlas.

Barcelona es como salido de un cuento del más puro surrealismo… y de hecho así es. Eso de las esquinas a lo que me refiero en un principio se llama “planeación conciente y bien hecha” de una ciudad. Me encanta ir al centro (la zona Gótica) y ver una España conocida, una España con edificios antiguos, de piedra, así como lucen otros lugares de este país, y luego salir un poco y encontrar figuras mágicas aquí y allá, fuentes enormes que bailan al son de la música, parques en donde te transportas a un mundo fantástico, un mundo colorido y muy lejano a la España que habíamos conocido hasta ese momento.

Eso sí, me siento como madre, carrereando a las chamacas y dándoles sus zapes para que despierten y se pongan vivas (aquí, digamos que no hay mucho turista “ojo rasgado” o piel amarilla, como dice Suk Hwa, la malaya) por la zona donde nos estamos quedando, y llaman la atención.

Nuestro primer día decidimos caminarlo hasta donde la lluvia, el frío y las fuerzas nos lo permitan. Paramos en el Hospital de Sant Pau que es, de hecho, nuestro primer encuentro con el mundo del Modernismo europeo, encabezado por, ¿quién más?, Antoni Gaudí. Este hospital fue la obra de Luís Domènech i montaner, un arquitecto que se dedicó a hacer edificios públicos, a diferencia de Gaudí que casi todas sus obras fueron encargos privados. Qué mejor manera de empezar. Cada detalle de la arquitectura cuenta, todo nos comunica; cada pieza está ahí por una razón; te puedes imaginar a los artesanos creando cada pieza única, cada cara, cara escultura, cada mural, cada vitral… “El Modernismo catalán se opuso a la estandarización de objetos de la Revolución Industrial y apostó por el mantenimiento de las tradiciones artesanas”, dice nuestro folleto del hospital.

Barcelona pasó por un periodo llamado “Eixample” (de renovación y expansión) en 1860, cuando las murallas de la vieja ciudad fueron demolidas y la nueva comenzó a levantarse. Es por eso que en este lugar podemos viajar a una época muy antigua y a una no tanto, a una que se asemeja más a nuestras “épocas antiguas” (como americanos, viviendo en un “nuevo” continente), es decir, de los siglos XIX y XX. Uno queda fascinado ante las fachadas de lugares como La Pedrera, Casa Batlló, Casa Amatller, Casa Lleó Morera, La Caixa y Cases Rocamora, estupendos ejemplos de lo que, para todos los viajeros que hemos pisado estos suelos, la ciudad representa.

Pero nada como la iglesia de “La Sagrada Familia”. Ahí es cuando las tres perdemos la razón por Gaudí, queremos casarnos con él (qué bueno que murió hace mucho tiempo, porque si no habría batalla campal por su amor). Aún inconclusa (y en construcción por más de un siglo), la magnífica edificación está basada en la naturaleza misma: columnas que semejan troncos de árboles, fachadas que nos transportan a grutas, hasta torres que nos recuerdan a los árboles de navidad (“It is too early for a Christmas tree!”, dice divertida Suk Hwa). Es muy chistoso, porque para mí es como una iglesia del futuro, pero no lo es.

El barrio Gótico (o el viejo centro) es hermoso; ¡tan distinto al resto de la ciudad! Las calles son angostas, llenas de tiendas, de artistas callejeros disfrazados de ángeles que se cubren los rostros cada vez que quieres tomar una foto (si no paga, no mira) y de gitanillos tratando de robarte. La Catedral es muy bonita, pero lo mejor fue que nos tocó un concierto de un coro austriaco de niños. Nos sentamos a escuchar cómo las potentes y dulces voces salían de sus rubios cuerpecitos vestidos de rojo. A las tres se nos salieron las lágrimas de la emoción.

La Rambla, esa avenida larga llena de puestos, artistas y turistas, nos lleva hasta la costera y al World Trade Center. ¡Tantas palomas! (¿que nunca descansan?), un centro comercial, agua y carcajadas saliendo honestas y ruidosas de nuestros extranjeros cuerpos.

Terminamos la visita en el Parc Güell, ese parque en donde cada una de las “paredes”, “grutas”, “rocas”, “bancas” es una obra de arte, una creación minuciosamente planeada. Y por fin sale el sol. Músicos callejeros, hippies disfrutando y tres amigas hablando de caricaturas de nuestra infancia, “Candy Candy” es la obligada. Subimos una casi interminable escalinata hasta el mirador cantando la rúbrica de esta serie, ¡es tan divertido cómo tres idiomas se unen en el coro spain-0071.JPG“Caaaandy”!

No nos alcanza el tiempo para conocer toda la ciudad. Parece que Barcelona nunca termina, que siempre tiene más y más que ofrecer. Muchos españoles afirman que la capital de España tendría que ser ésta y no Madrid. Ya habrá otra oportunidad para seguir admirándonos por cada uno de sus rincones, por cada una de sus historias.

Nuestra próxima parada es El País Vasco, haciendo escala en Zaragoza. En ambos lugares nos esperan caras amigas y, suponemos, alguna que otra bebida alcohólica para celebrar nuestra visita. Estamos ansiosas por seguir explorando suelos, sueños españoles…

Polonia bajo la niebla (Parte 3 y última)

escanear0013.jpg“Durante los cinco años que duró la II Guerra Mundial, el campo de concentración de Auschwitz (el más grande creado por los alemanes) suscitaba terror entre la población de los países ocupados por los nazis. 

“KL Auschwitz fue abierto en 1940, destinado, en un principio, a los prisioneros políticos polacos y después pasó a ser prisión internacional, de judíos, de soviéticos y de gitanos. La cifra total de víctimas entre los años 1940 y 1945 es de alrededor de un millón quinientos mil. La mayoría murió en la cámara de gas. Era en realidad un complejo de tres campos de concentración, de exterminio y de trabajos forzados, ubicado a 37 millas al oeste de Cracovia, cerca del pueblo de Oswiecim: Auschwitz I, Auschwitz II (Birkenau), y Auschwitz III (Monowitz). Una gran parte de las instalaciones fue totalmente destruidas para evitar secuelas criminales.? 

El clima era lluvioso, había niebla y hacía mucho frío. Estaba contenta porque no me había perdido: tomé el autobús correcto y bajé en la estación acertada. Viajé desde Cracovia y el recorrido había sido bastante tranquilo. Al llegar, sólo seguí a un grupo que parecía de turistas.  

Todo era un poco confuso al principio, luchaba contra el viento y la lluvia con mi paraguas al tratar de leer los grandes letreros que te explican, en 19 idiomas distintos, más o menos a dónde estás llegando. El Museo de Auschwitz/Birkenau es totalmente diferente a lo que esperaba. No sé, me imaginaba unas bodegas grises, apestosas, enormes.

Un letrero te saluda “Arbeit macht frei?: El trabajo nos hace libres. 

escanear0012.jpgGrandes casas de dos pisos con tejados y construidas de tabiques rojos se alinean perfectamente. Hay muchos árboles y de no ser por las rejas y los alambres de púas, se creería que se trata de un elegante conjunto residencial. 

En la entrada se encuentran paneles con información sobre el lugar; al centro un florero gigante y una gran urna llena de cenizas, es una especie de altar. Había tanta gente que resultaba molesto. Algunos grupos eran muy grandes y casi todos tenían un guía que les hablaba en inglés. No me uní a ninguno; quería ir a mi paso. Esto resultó muy conveniente, ya que si vas solo no pagas por entrar, pero si vas en grupo sí. 

Una de las ventajas de hablar español es que en casi todos los museos hay información en nuestra lengua, por lo que me armé con una guía y me preparé para comenzar el recorrido.  

El gris día le daba el ambiente perfecto, aunque me seguía pareciendo un conjunto de departamentos, en donde niños podrían andar en bicicleta por los jardines y los viejos leer plácidamente bajo uno de los verdes árboles. Pero esa imagen desapareció de pronto, cuando entré a la primera sala, en el llamado “Bloque 4?. 

Grandes y viejas fotografías, con información en polaco, en inglés y en hebreo, me abrían el paso mientras trataba de encontrarme en mi mapa. “La mayoría de los judíos condenados al exterminio… llegaban convencidos de que los SS trataban de establecerlos en los territorios del Este europeo?. 

Rostros críticamente pálidos me observaban mientras caminaba y leía la historia del lugar. La mayoría de las imágenes son de judíos húngaros: de perfil, de frente y de tres cuartos.  

Las fotos siguen y siguen por todos los pasillos, muchas de frente, con el nombre. Algunas tienen tres fechas: nacimiento, entrada al campo y muerte. No se tiene un número exacto de víctimas porque muchas de ellas ingresaban a la cámara de gas directamente del vagón del tren, incluso sin registrarse.  

El antiguo campo de concentración es tan grande que las horas pasaban y me faltaba todavía mucho, por lo que tuve que acelerar la marcha. La exposición general se divide en: Exterminio, Pruebas del crimen, Vida del prisionero, Condiciones sanitarias y de vivienda y Bloque de la muerte. Después están las exposiciones de diferentes naciones y los lugares principales como
la Cámara de gas, Crematorio y Paredón de la muerte. Sé que suena tétrico, tal vez poco atractivo para un turista que va a un país por vez primera entrar a un “museo de la muerte?. Pero yo no soy una turista más; quiero conocer, quiero aprender, quiero vivir
la Polonia de ayer y hoy. Quiero ser testigo lejana. 

y-si-pasa-otra-vez.jpgEn otra de las salas pude ver botes y botes de “pastillas? que contenían el gas Zyklon B, que se utilizaba en la cámara. También vi las pertenencias de los prisioneros: peines, zapatos y las maletas. En ese gran escaparate, que más bien parecía una gran pecera, que contenía maletas, encontré una con el nombre de “Hedwig?… creo que fue cuando me di cuenta del todo que esa gente había sido real. Hedwig es el nombre de una de mis mejores amigas y sentí una opresión en el pecho. 

A cada paso todo se me hacía más grotesco, más cruel, más duro. Escaparates con kilos y kilos de cabello y telas hechas de este material hablaban más que cualquier letrero en una lengua ajena. 

Documentos de entrada, de muerte, de registro de los reclusos; ropa y zapatos de niños, fotos de los experimentos que hacían con los pequeños presos. Estaba ahí y podía pisar la misma tierra que ellos pisaban durante el conteo, ver cómo “vivían? al principio y cómo se fueron adaptando las celdas para albergar a un número estratosférico de prisioneros. Aprendí el significado de cada tipo de tatuaje con los que los marcaban, constaté las terribles condiciones de los baños. Visité los lugares de castigo, los rincones donde morían de hambre; miré la pared que veían mientras esperaban, de pie, ser fusilados. 

Algunos de los sobrevivientes hicieron pinturas y dibujos ilustrando sus días en Auschwitz. Uno en particular me impresionó mucho: dos oficiales alemanes platican, pero sus rostros muestran una risa especial, una risa maligna, son la personificación del demonio.  

La cámara de gas es impactante y me pareció bien pequeña. Ahí los metían desnudos, diciéndoles que iban a tomar un baño. Llenaban la cámara con el Zyklon B y morían después de 20 minutos. Recorrí el lugar observando y algo en las paredes llamó mi atención. Me acerqué y descubrí lo que era: marcas de uñas rasguñando las paredes… 

escanear0011.jpgFinalmente llegué al lugar al que llaman
la Sala del Sufrimiento Judío que es una especie de capilla con música tipo sacra y luz tenue, y ahí vi lo que más me llegó al corazón. Un viejo estaba sentado en una banca y un hombre joven parado a unos tres metros de él. No había nadie más y los dos lloraban, de ese modo en el que se llora a uno de los tuyos. 

“A mediados de enero de 1945, mientras las fuerzas soviéticas se acercaban al complejo de campos de Auschwitz, las SS empezaron a evacuarlo. Casi 60.000 prisioneros fueron forzados a caminar hacia el oeste en la llamada “Marcha de
la Muerte?. Aproximadamente 1000 reclusos murieron durante el recorrido. El 27 de enero de 1945 el ejército soviético entró a Auschwitz y liberó a más de 7.000 cautivos, la mayor parte estaban enfermos y moribundos.?  

Salí de Auschwitz casi corriendo porque el camión me dejaba. Una sensación extraña, como un hueco en el estómago, me acompañó durante el camino de regreso a Cracovia. ¿Qué es lo que pasa con el mundo? ¿En qué momento empezamos a querer matarnos unos a otros, empezamos a crear productos de nuestros mismos cuerpos? ¿En qué momento perdimos la compasión, la tolerancia? ¿Y la fortaleza del hombre ante todo esto de dónde sale? Fortaleza para levantarse una y otra vez desde las cenizas, para reconstruir no sólo ciudades, sino dignidades; fortaleza para perdonar, para no guardar rencor, para volver a soñar, para volver a creer. ¿Y el rencor hacia un país, un rencor heredado, no pedido, cómo lo desapareces de tu piel? ¿Cómo quitarte un estigma de raza, esa raza que luchó por limpiar la sangre y que ahora muchos insisten en marcarla? 

Así, mi experiencia polaca estuvo llena de sabores diversos: dulces de los amigos queridos y ciudades majestuosas, de minas de sal a kilómetros dentro de las profundidades de la tierra; de comida deliciosa y de momentos compartidos; y amargos de ser testigo, por primera vez, de algo muy ajeno a mí, algo que no se puede explicar en ningún libro de texto de aquel país americano tan lejano de donde provengo, ser testigo tardío y distante de la destrucción, la muerte y uno de los peores crímenes cometidos por los hombres contra los mismos hombres: la guerra. 

Esta es Polonia, esta fue mi Polonia. 

Polonia en otoño (Parte 2)

polonia-3.jpgPolonia es gris y lluviosa en octubre. Un amigo me dijo que era la peor época para visitarla porque caen fuertes tormentas, hace mucho aire y no es precisamente cálido. Principios del décimo mes del año y estábamos a 5 grados centígrados. Para mí la lluvia y el viento eran perfectamente aceptables, mucho más que los -25 grados que hace en invierno, cosa que mi cabeza no puede ni siquiera imaginar. 

Cuando Monika y Ela llegaron por mí a la estación de Cracovia, decidimos dejar mi equipaje en uno de los lockers de la estación (tanto de trenes como de autobuses) para poder dar una vuelta sin problema. Caminamos unas tres cuadras y entramos a la parte vieja o Stare Miaste. Era muy diferente a lo que suponía; claro, mucho más bello. Iglesias con altas torres que terminaban en picos, campanarios verdes, muchas monjas, monjes (o algo que se le parecía bastante), artistas vendiendo su obra y gente abarrotando la bellísima plaza del Mercado, cuyo edificio principal es el Mercado de Tejidos que en el siglo XIV albergaba ya a los comerciantes. Era raro pensar que estas construcciones han existido por tantos siglos, seguramente no como están ahora, pero ahí mismo. Esa sensación de venir de un continente donde las ciudades son “nuevas? llegó a mí, una vez más. 

Carruajes jalados por caballos, muchos pichones en el suelo y jóvenes haciendo gigantescas burbujas de jabón robaron mi atención… Así que esto es Polonia. 

Decidimos comer en lo que considero es el equivalente a las cocinas económicas de aquí; se les llaman “Barra de leche? y es como un comedor de escuela, en donde ordenas, tomas tu charola y vas tomando los platillos que pagaste. Es bastante económico y la mayoría de los clientes son estudiantes y gente que trabaja en los alrededores. Por supuesto,
La Lata era la única no polaca en el lugar y me di un festín picando cada uno de los platos de mis acompañantes para probar de todo… ¡estupendo! 

Un poco más tarde subimos al Castillo Real de Wawel, que también te da esa sensación de llevar milenios ahí, como un extraño espectador… ¡y cómo no! Comenzó a edificarse entre los siglos X y se terminó hasta el XVI, cuando le dieron su actual aspecto renacentista. Como la mayoría de las capitales europeas, a Cracovia la cruza un río, el “Wisla? (Vístula) y desde el castillo se tiene un panorama espectacular. Aquí mismo se levanta también la catedral de San Vuenceslao y San Estanislao, donde coronaban a los reyes de Polonia. Viniendo de donde vengo ese tipo de ceremonias pertenecen sólo a los cuentos de hadas o a las películas, pero ahora estaba viendo, tocando los lugares en donde todo eso sucedió… en la vida real.  

No sé si sea porque en gran parte todavía me siento como una niña, pero para mí cada rincón era un gran descubrimiento. ¿Se imaginan una torre que aprisiona un dragón? Claro, es sólo una estatua, pero ese animal precisamente es el símbolo de Cracovia y puedes verlo en cada uno de los puestos de recuerditos que invaden el corazón de la ciudad.   Después de otro paseo por los jardines del centro llegamos al departamento de Monika, que compartía con la hermana de mi otra amiga, Ela, y con un chico de pelo largo y lacio, Kuba.  Terminé mi primer día en Polonia con un baño y una reflexión… ¿qué pasa con las duchas europeas? Es decir, ¡¡¡no hay duchas!!! Sólo la tina con una manguerita y terminas empapando todo el piso del baño… Al día siguiente caminé hasta el centro, me dijeron: todo recto por 20 o 30 minutos… Me perdí, claro está. 

Ahora que lo pienso, no sé por qué no pregunté en algún sitio… supongo que me intimidó la barrera del lenguaje. Al final encontré a una gringa y una australiana que salían de un hostal y buscamos el camino juntas. Tengo que aceptar que cuando estoy en grupo me siento más segura y decidí (¡por fin!) preguntar (si un hombre me saltaba encima al menos alguien podría darle de patadas al atacante). Entre gruñidos y señales entendí hacia dónde teníamos que ir, porque con todo y mapa no sabíamos dónde estábamos, ni físicamente, ni en el papel. Al final llegamos y nos separamos. Me di tiempo para pasear por las calles de Cracovia y poco a poco me fui familiarizando con el lugar. Los jóvenes me parecían mucho más amables que los viejos. Los hombres polacos eran como… raros. Paseando con mis amigas nos encontramos a más de uno bastante borrachín y un día, a plena luz de sol, le dijo a Monika que se quitara de su paso porque tenía que orinar ¡y así como si nada, orinó en el centro de Cracovia!  Pero esa experiencia no empañó mi estancia en esta hermosa ciudad tan distante a mi México. 

Una semana después me subí a un tren y me dirigí a Varsovia. 

La actual capital de Polonia me sonreía después de una lluvia, así como mi amiga Sabina y su pareja, Bartek. 

La primera noche fuimos a un bar con los compañeros de trabajo de Bartek y fue muy divertido. Nos tocó la presentación de un whisky y eligieron a nuestra mesa para las pruebas. Teníamos que contestar un cuestionario (en polaco, claro) sobre las bebidas que se preparaban mezclando el producto con distintos refrescos o jugos. Ellos me tenían que traducir las preguntas y era muy divertido verlos decirme algunas palabras (obviamente malsonantes) en español. 

Cracovia es más bella que Varsovia, pero la última tiene el aire capitalino que la hace especial: tiendas, museos, vida más agitada… 

aqui-esta-muy-presente.jpgAhí, en medio de la ciudad, me encontré con un edificio magno, distinto a lo que estaba acostumbrada: el Palacio de Cultura y Ciencia, con sus 234.5 metros de altura. La gente no mostraba ni remotamente mi entusiasmo ante el rascacielos de estilo arquitectónico al que llaman “Socialismo Real? y que fue construido entre 1952 y 1955, ya que, dicen, es un símbolo viviente de la ocupación soviética, etapa que aún duele a muchos. Efectivamente, en el sótano del edificio se encuentra el Museo del Socialismo, pero además alberga al Museo de Ciencia (nada impresionante, los nuestros son mucho mejores), tres teatros, un centro recreativo, dos restaurantes y un centro de convenciones.  

Pero ahí no terminaron mis sorpresas. El parque Real Lazienki (que significa “Baños Reales?) es un lugar gigante que ocupa 76 hectáreas (antes era un palacio), uno de los mejor cuidados en Europa. Es fácil perderse porque caminas y caminas y vas encontrando edificios, cines, museos, fuentes y rincones distintos, que al final ya no sabes ni cuál era cuál. El Palacio de
la Isla se refleja en el agua que lo rodea, y muy cerca se encuentra el Palacio de Agua y un teatro al aire libre, semejando mucho a, lo que yo me imagino, un antiguo teatro griego, sólo que rodeado de un lago artificial. 

En una de las entradas al parque se encuentra un monumento a uno de los orgullos de la nación: el músico Federico Chopin. Si tienes suerte y te encuentras en Varsovia durante el verano, podrás escuchar conciertos de piano al aire libre frente a esta estatua. 

Otro lugar por el que me di varias vueltas fue por la parte vieja de Cracovia y quedé impresionada, pues en realidad es mucho más nueva de lo que parece. Durante la Segunda Guerra Mundial fue totalmente destruida y se volvió a construir basándose totalmente en fotografías y documentos “del pasado?. 

Para mí fue una experiencia fuerte, ya que visité muchos sitios que muestran el resplandor de la antigua Polonia y la decadencia que sufrió en tiempos de guerra: el precio que pagó por estar entre dos grandes potencias: Rusia y Alemania. Ese mismo día vi la película “El Pianista? y una sensación extraña oprimía mi pecho: todos esos lugares que retrata la historia están ahí, reconstruidos, y hacía unas horas yo los estaba admirando… fue entonces, cuando comenzó mi “otra visita a Polonia?, la que involucraba a Nazis y al más grande campo de concentración, construido en un pueblito llamado Oswiecim: Auschwitz.

Continúa…

Polonia, tan lejos de Dios y tan al centro de Europa (Parte 1)

Receta introductoria: Tome la cuna del difunto Papa, más de cuatro décadas de comunismo, dos guerras mundiales y mucho, mucho Vodka. Mezcle bien. Vacíelo en un recipiente bastante grande y colóquelo en pleno centro del continente europeo. ¡Listo! Usted tiene un país algo gris, en vías de desarrollo y recién anexado a la Unión Europea.

preguntas.jpgDentro de mi cabeza, Polonia era un lugar casi deshabitado (al menos, pensaba, tres cuartas partes de la población juvenil estaría en Londres), triste, muy pobre y algo feo; los pocos viejos que vivían allí, debían de mentar madres a diestra y siniestra (sonaría “praski proski?) mientras cosechaban un par de lechugas casi podridas… Ok, ok, tal vez exagere, pero si contamos con mi poco conocimiento de historia europea y con todas las quejas que he escuchado de polacos sobre su país, ese sería el resultado.

Entré a Polonia por la frontera con Eslovaquia, es decir, por el sur. Mi amiga Mirka me llevó en auto, pues vive a sólo cuatro kilómetros del cruce fronterizo. No dejaba de preocuparse por mí, ‘Pobre mexicanita, sola, sin hablar polaco y en tierra de gente mañosa’, sé que pensaba. Lo raro del caso es que el agente migratorio fue de lo más amable y al llegar a Jablonka, pueblo donde tomaría mi autobús hacia Cracovia, todo parecía normal, incluso, civilizado.

Con sonidos extraños (una mezcla entre polaco y eslovaco), Mirka le pidió al chofer del camión que me cuidara ya que yo no hablo su idioma (no contemos ‘tak’, ‘nie’, y algunas palabras mal sonantes) y que me avisara cuando llegáramos a la antigua capital del país. Estoy segura que me echó mil bendiciones a la distancia y que estuvo al pendiente de su celular durante las siguientes 24 horas esperando mi llamado de auxilio.

Lo cierto es que era raro estar en ese lugar, avanzando hacia quién sabe dónde y hacia quién sabe qué.

Hacía frío y aún veía las montañas. Llovía y llovía. Sólo rogaba a mi ángel de la guarda que ningún loco viniera a querer robarme y ante mi cara de ‘what?’ me matara para quitarme mis escasas pertenencias (No es cierto, pero, ¿a poco no le añade dramatismo a la historia?).

Hora y media después, miré un gran letrero, ‘Kraków’; diez minutos más tarde, vi a mis amigas Monika y Ela dando de saltos y saludándome desde la banqueta; luego de dos minutos, estábamos mojándonos, abrazadas y riendo porque:

a) yo estaba en su tierra,
b) no me había perdido,
c) nos daba mucho gusto volver a vernos.

Estaba a salvo en una ciudad hermosa, llena de historia, autos, turistas, palomas y hombres guapos. ¿Dónde quedó la Polonia de cuento de sustos? Supongo que entre 1939 y 1989.

Polonia es un lugar distinto al resto de Europa, casualmente me pareció el país más parecido a México: iglesias en cada esquina, grandes edificios de departamentos, autos de modelos antiguos… Poco a poco fui adentrándome a la historia del país y adquiriendo más cultura general: ¡¿qué mejor forma de aprender que ver los lugares que hicieron historia con tus propios ojos?!

Continúa…

Verano de 2004